Su nombre escrito en negro

Seguimos compartiendo los textos recibidos dentro de nuestro concurso de relatos. Hoy os presentamos 'Su nombre escrito en negro'.

Por: Álvaro Fernández Ferreiro

Hospital Tres Culturas, Toledo.

Lo primero que vio fue su sonrisa.

Nunca olvidaría esa sonrisa, la sonrisa más maravillosa del mundo, preciosa, mimosa, una delicia que te hacía sentir feliz sólo con verla. Después llegaron sus ojos, su cara, y detrás de su pelo un inmenso mar azul. Estaban en la orilla cogidos de la mano. Podía sentir la suavidad de su piel contrastar con la aspereza de la arena que salpicaba sus manos. Podía sentir la espuma de las olas al morir, haciéndole cosquillas entre los dedos de los pies. La claridad del sol lo inundaba todo saturando la escena de un brillo irreal. De repente, a pesar de estar sujetando su mano, sintió que se iba. La agarró más fuerte, pero igual se alejó.

Su brazo se disparó como un resorte y fue a caer directamente sobre el despertador. Un movimiento certero en la oscuridad antes de haber recuperado apenas la conciencia. Las sensaciones del sueño aún permanecían en su cuerpo y al incorporarse en la cama se le antojaban como algo pegajoso. Respiró hondo. De vez en cuando aún soñaba con ella, y habían pasado ya más de veinte años. Le parecía increíble.

–Te estás haciendo viejo- pensó- y te persiguen tus fantasmas. Se llamaba Ana, era algo mayor que él y llegó como llega el verano, con una brisa cálida y el frescor del mar. Mateo tenía 17 años y pasaba el verano con sus padres en un pueblo de Alicante. Ana estaba allí visitando a su abuelo, iba todos los años. Se conocieron de casualidad y se gustaron desde el principio. Después de coincidir varias tardes en una terraza, cada uno en su mesa, cada uno con su libro, y después de una infinidad de miradas que se encontraban, provocando sonrisas, se animó por fin a invitarla a un café. Los cafés se convirtieron en paseos y los paseos en besos, y a mitad del verano los dos sabían que estaban descubriendo algo muy especial y nuevo para ambos. Cuando acabó el verano Mateo se fue a la universidad, y por esas estupideces que se cometen cuando se es joven y se piensa que la vida nos tiene reservadas sus mejores galas, no le pidió la dirección, ni el teléfono, ni nada más que un último beso y la promesa de que volverían a verse el verano siguiente. Cuando volvió por allí, una vecina del abuelo le contó que éste había fallecido durante el invierno, y en la primavera la familia había vendido la casa a unos alemanes. No volvió a verla nunca. Nunca dejó de pensar en ella.

Esa mañana ya en la ducha repasó mentalmente lo que le esperaba esa jornada en el hospital. Se vistió más deprisa de lo necesario, como siempre, y se preparó un desayuno ligero con un café generoso. ¿Por qué había vuelto a soñar con Ana? Hacía ya años desde la última vez. En aquella ocasión se había pasado dos semanas dándole vueltas a la cabeza e imaginando mil vidas posibles para ella. ¿Sería feliz? Él lo era, o al menos eso pensaba, que en definitiva es lo mismo. Había conocido a su esposa en la Universidad y seguía queriéndola. Los hijos les habían traído una felicidad inesperada y el tiempo no había logrado arrebatarle la ilusión. Además disfrutaba en su trabajo. -¿Se habría casado Ana?- pensó por un momento- ¿Hijos?...

Al llegar al hospital revisó el mail y la agenda. Tenía una visita de inicio de un nuevo ensayo clínico a primera hora y un informe para el comité al que le faltaba un retoque. Era agosto, y como había gente de vacaciones, más tarde también tendría que preparar la medicación de los ensayos él mismo. Ese día había citados enfermos del fase I de melanoma. El nuevo anticuerpo monoclonal prometía, pero prepararlo era un engorro. Formaba mucha espuma y venía en viales pequeños, así que había que utilizar muchos y asegurarse de no dejar nada dentro (rebañarlos bien, como decía él) para preparar las dosis. Pero no le importaba, en el fondo disfrutaba cada vez que tenía que trabajar en la cabina y preparar las mezclas intravenosas, le recordaba su época de residente. Un trabajo mecánico pero que requiere mucha concentración -casi como un artesano- pensó.

Más tarde, cuando ya estaba etiquetando la bolsa de suero de color rojo intenso que acababa de preparar, el auxiliar le dejó la bandeja del tercer paciente del día al lado y se llevó las mezclas ya listas. Mateo se quitó los guantes y echó un vistazo a la hoja de preparación. De repente le pareció que le quitaban la silla de debajo, casi se sacudió. Ana. Todo se ralentizó a su alrededor. El ruido que hacía la cabina de flujo laminar lo inundó, el aire pasando a través del filtro HEPA le pareció que rugía. Comenzó a sentir el calor del pijama con la bata impermeable que se ponía como protección encima. La mascarilla también le asfixiaba. Se la quitó y boqueó como un pez al que acaban de sacar del río con un zarpazo. No podía ser. No lo entendía. Eran sus apellidos, pero no eran tan raros como para que tuviese que ser ella. Buscó la fecha de nacimiento, agosto del 76. Hizo un rápido cálculo mental. Era Ana, seguro, casi seguro, nunca olvidaría aquel cumpleaños que pasaros juntos.

Sus ojos se desplazaron por el papel, buscando datos. MK-3475 560 miligramos. Le había tocado la rama del ensayo con la dosis alta: 10 mg/kg. Intentó recordar el protocolo. Un estudio de escalada de dosis para encontrar la dosis máxima tolerada, y evaluar seguridad y eficacia en pacientes con melanoma o cáncer de pulmón no microcítico. Los músculos de su cara se fueron relajando hasta formar una mueca de incredulidad.

Le llevó unos minutos ponerse a trabajar y cuando lo hizo fue despacio, triste, estupefacto. Pero ¿cómo era posible que hubiese soñado con ella justamente esa noche?

Por muchas vueltas que le dio el resto del día, no encontró una respuesta válida.

Ya de noche, después de cenar con los niños su esposa le preguntó qué le pasaba. Le notaba raro, dijo. Mateo se lo contó todo.

-¿Y no has pasado a verla? -No… Quizás ni se acuerde de mí. Fue hace mucho tiempo y sólo estuvimos juntos un verano.- La mirada de Mateo se perdió en algún punto entre el sofá y la mesa. -¿Qué iba a decirle? Debe estar pasándolo muy mal y no estoy seguro de que le apetezca ver a nadie. Y mucho menos a un ligue de verano de hace 22 años. -Visto así… quizás tengas razón.

-Lo que no consigo entender es porqué soñé con ella justo esta noche. Es tan improbable que sea casualidad. -¿No tendré que preocuparme…? Dijo su esposa con tono divertido mientras dibujaba una sonrisa cómplice. - No bromees…- le respondió. Pero acabó sonriendo con ella. La conversación terminó ahí. Le dio un beso y se fue a la cama pensativo.

No fue a verla. Ni esa vez, ni la siguiente que Ana acudió al hospital. Ese día él estaba validando los tratamientos en el ordenador y su nombre apareció en la pantalla de repente. Mismo fármaco, misma dosis. Comprobó que no hubiese errores, imprimió la hoja de elaboración, buscó en la nevera los viales que llevaban impresos los números que le había proporcionado el ordenador y le pasó todo a la persona que estaba preparando la medicación ese día, Dani, el residente. Mientras le veía alejarse tuvo una sensación extraña. Era como si le acabase de confiar algo muy importante. Pensó en Ana. Y entonces pensó en la cantidad de veces que había hecho eso mismo, pasarle a Dani una orden de tratamiento, pero con otros nombres impresos en ellas. Y pensó en que lo hacía como algo automático, algo mecánico. Desprovisto de valor sentimental pero no deshumanizado. Hay una diferencia. Ahora “conocía” a esa persona, o creía conocerla al menos. Ese nombre le decía algo muy preciso, le hablaba de sal y arena, y le dolía de cariño.

Ese día se prometió no olvidar nunca lo que hay detrás de cada una de esas hojas de papel con nombres y apellidos escritos en negro.

Cuando llegó el tercer ciclo ni siquiera estaba en el hospital. Había viajado con un par de compañeros de trabajo al congreso de la SEFH de ese año. Al volver revisó los registros del ensayo y vio que Ana había vuelto estar allí.

Una noche volvió a soñar con ella. Esta vez estaban tumbados bajo árbol, mirándose fijamente. Estaban los dos sonriendo, callados, felices. Entonces él acerco su cara hacia ella para besarla, pero justo antes poder hacerlo se despertó.

Al día siguiente en el trabajo se enteró de cuándo tenía que volver Ana por el hospital al siguiente ciclo de tratamiento y, cuando ese día llegó, ya había decidido que quería volver a verla. Le entristecía pensar que a partir de entonces sustituiría el recuerdo de ella que hasta ahora había tenido por uno nuevo, el de una Ana enferma. Pero aún así pensó que de alguna manera se lo debía y se acabó reprochando no haberlo hecho antes.

A los pacientes de los ensayos fase II no se les administran los tratamientos en el Hospital de Día, se les suele ingresar en una habitación para tenerlos más vigilados y por la complejidad de algunos protocolos en cuanto a tiempos y analíticas. Consultó en el ordenador en que habitación estaba Ana y, en cuanto solucionó unos asuntos y encontró a alguien que le sustituyese un rato, echó a andar hacia el ascensor. Por el camino se cruzó con Dani que iba con prisa. Llevaba unos papeles en una mano y con la otra sujetaba el móvil contra su oreja. –Ya llego, ya llego- decía mientras apretaba el paso y desaparecía detrás de la puerta de la farmacia. Al llegar al pasillo de la segunda planta Mateo aún no tenía claro si iba a acercarse a hablar con ella o si simplemente iba a pasar por delante de la puerta, haciéndose el despistado, para intentar echar un vistazo dentro. No hizo falta que lo decidiese. Cuando le faltaban unos metros para llegar a la puerta de la habitación 207, ésta se abrió y una camilla comenzó a salir lentamente. Mateo se quedó paralizado en el sitio con la vista puesta en la escena. Al momento se recuperó y se hizo a un lado para dejarlos pasar. La camilla salió al pasillo y giró dirigiéndose hacia él. El rostro de la mujer lo miraba de frente. Sus ojos se encontraron y se perdieron en los ojos del otro, como buscando algo al principio, como perdidos en un vacío aséptico después. No dejaron de mirarse durante los pocos segundos que tardó la camilla en pasar a su lado y ocultar la cara de ella. Mateo se quedó allí plantado, en medio del pasillo, embobado mirando la espalda del celador que llevaba la camilla hacia el ascensor por donde desapareció al momento. No sabría decir el tiempo que estuvo así hasta que reaccionó y echó a andar. Sólo para asegurarse de no haber confundido la habitación preguntó en el control de enfermería.

No era Ana.